Blog: una autobiografía profesional

PODRÍA PASAR OTRA VEZ (1)
20.12.2016

Aún si sabemos que todavía falta mucho para que las mujeres logren igualdad de salarios y de oportunidades así como paridad en la contratación, tanto en los estudios como en las facultades de arquitectura, yo había pensado que ciertos acontecimientos, como negar a alguien la titularidad en un cargo académico por ser feminista, como me ocurrió a mí en 1988, pertenecían al pasado. Ahora no estoy tan segura. El peligro inminente de retroceso en los avances sociales obtenidos en tiempos recientes me hace pensar que puede tener sentido contar la historia de dos aspectos diferentes pero relacionados de este episodio en mi vida. El primero tiene que ver con el propio rechazo, orquestado por la administración de la Universidad de Columbia para que pareciese justificado por, según ellos, cartas de evaluación de sesgo negativo, cuando en realidad las cartas eran muy positivas. Esto fue finalmente revelado cuando pude obtenerlas (con nombres y afiliaciones suprimidas) a través de la Comisión de Igualdad de Oportunidades en el Empleo (EEOC es su sigla en inglés). El segundo aspecto tiene que ver con las reacciones de mis colegas, particularmente de esas mujeres a las que ayudé a conseguir promociones y titularidad en sus universidades.

Fui sometida a consideración para promoción y titularidad en la disciplina de diseño arquitectónico en la Facultad de Arquitectura, Preservación y Planificación de la Universidad de Columbia en el verano de 1988 con el aval de los profesores titulares y un expediente repleto de cartas de apoyo y de publicaciones nacionales e internacionales sobre mis trabajos. Mi carrera estaba al alza, con constantes invitaciones para dar conferencias sobre mi obra en todo el mundo. Había sido recientemente seleccionada en preferencia a Peter Eisenman, Frank Gehry y Robert Stern para diseñar una estación de bomberos en Columbus, una ciudad del estado de Indiana con una colección de edificios públicos diseñados por notables arquitectos. Las reseñas del edificio terminado habían sido positivas, aún cuando los críticos ignoraron la innovación tipológica que introduje para hacer posible la contratación y retención de mujeres bomberos. Olivier Boissiére, crítico de Le Monde, lo describió como un “edificio admirablemente diseñado”.

Nunca oculté mi feminismo, ahora como entonces entendido como creencia en la igualdad de oportunidades para toda la gente sin reparar en afiliaciones de género, raza o etnicidad. Que un colega (varón) se refiriese a mí como alguien “que no actúa como mujer, pero tampoco como un varón” me parecía un reconocimiento de mi condición de persona más allá de los estereotipos de género. Los proyectos que yo daba a mis estudiantes en el taller incluían viviendas para familias donde tanto la madre como el padre trabajaban fuera; un Museo Nacional de “Quilts” (edredones realizados por mujeres, considerados como una forma importante del arte de Estados Unidos); una fábrica en Lawrence, la ciudad de la famosa huelga del pan y las rosas de 1912; y el Monumento Nacional de los Derechos de las Mujeres en Seneca Falls. Estos proyectos introducían debates acerca de la innovación en el diseño generada por la redefinición de los programas y por las ideas feministas. Sobre todo, mis actos desafiaban sin agresividad ni confrontación la cultura que sólo permitía el acceso de las mujeres y de los hombres negros a las recompensas tanto en la profesión como en la universidad solamente si ocurría de a una persona por vez. Yo era una mujer “token” y como tal, debía mantener la puerta firmemente cerrada detrás mío en lugar de facilitar el acceso a otros.

Yo quería creer que mi trabajo y mis logros serían evaluados imparcialmente, aún cuando veía que los nombramientos y las promociones en Columbia y otras facultades de arquitectura de élite eran rutinariamente otorgados a los amigos varones de los profesores varones antes que a mujeres con más y mejores credenciales. Por eso fue tan chocante enterarme de que mi titularidad había sido rechazada. Como en todas las universidades privadas estadounidenses, el proceso de evaluación para otorgar la titularidad es secreto. Los miembros de los comités convocados para cada caso y las personas llaman a testificar deben jurar una estricta confidencialidad. A pesar de eso, algunos colegas en el comité que estaban muy disgustados con la decisión me dieron los elementos para poder cuestionarla, especialmente porque veían como censurable la participación de un profesor con reputación de misógino proveniente de un departamento académico que yo había pedido fuese excluido debido a un conflicto de intereses. Su participación en el comité solo puede ser atribuida a la intervención del flamante decano de arquitectura, un amigo del guardián más celoso del acceso a oportunidades y privilegios en el mundo de la arquitectura en Nueva York, quien consideraba mis esfuerzos para aumentar las oportunidades para las mujeres muy peligroso porque en general había tenido éxito en lograrlo. Yo también había solicitado que se incluyera por lo menos una mujer en el comité, pero esto no ocurrió.

Segura de que las cartas que pude obtener a través de EEOC refutarían contundentemente la decisión de negarme la permanencia, interpuse una queja formal ante el comité de la Universidad encargado de investigar tales asuntos. Consideré entablar un juicio cuando me dí cuenta de que la administración bloquearía todos los intentos de los investigadores para tener acceso a los documentos necesarios y tampoco otorgaría su permiso para utilizar las cartas originales en la investigación. Pero esta idea no prosperó porque yo no disponía de las decenas de miles de dólares que hubiese costado hacerlo. En 1996, ocho años después del inicio de la investigación, recibí una carta del comité investigador donde se me notificaba que estaban “cerrando la investigación sin poder hacer una recomendación formal al rector” porque se les había impedido “revisar los documentos y realizar las entrevistas necesarias para llegar a una conclusión”.

La Casa de Bomberos en Columbus había sido el primer encargo importante para un edificio público que yo había recibido. Hubiese iniciado una fase más segura y vibrante de mi carrera. Pero la noticia de mi rechazo la convirtió en la última gran oportunidad, y pasó una década entera hasta que una mujer recibiese la titularidad en diseño arquitectónico en la Universidad de Columbia.

(Será continuado en la segunda parte de este blog)

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TRANSVERSALIDAD
14.06.2016

“¿Qué es la arquitectura?” me preguntó el decano de la facultad de arquitectura de la Universidad de Princeton con una sonrisita falsamente amable. En los primeros años de la década de los 70 yo era amiga de un grupito de arquitectos graduados de Princeton, uno de los cuales pensaba que deberían contratarme para enseñar diseño arquitectónico en esa facultad, y se había tomado la molestia de organizar una entrevista con el decano, aunque yo tenía serias dudas sobre formar parte de un enclave tan pequeño y elitista, donde las mujeres no eran precisamente bienvenidas.

“¿Qué es la arquitectura?” era una pregunta calculadamente simple que solo más tarde entendí había sido hecha para descubrir mis preferencias estilísticas. ¿Era yo moderna? (la respuesta que el decano hubiese preferido), o era yo una seguidora de las ideas de Robert Venturi, como muchos jóvenes arquitectos lo eran entonces? Cuando me repuse tomé la tiza que estaba en el borde de la pizarra y escribí estas palabras en columnas verticales: sitio/ contexto; programa; estructura/construcción; instalaciones complementarias; estética. Entonces, con un gesto rápido, dibujé una línea que cruzaba las columnas. Esto, dije, es la arquitectura: la creación de una síntesis espacial de todos estos factores.

Había estado leyendo el brillante libro teórico de Marina Waisman , La estructura histórica del entorno, publicado en 1971, donde propone un marco analítico para la arquitectura usando categorías similares a las que yo había escrito en la pizarra. Desde esta perspectiva, la arquitectura no es un proceso homogéneo dominado por las consideraciones estéticas, porque nuevas ideas pueden cambiar algunos aspectos de un diseño, mientras que otros permanecen estáticos. Además, ella defendía que sólo aquellos edificios donde cambios significativos habían ocurrido en dos o más aspectos podían ser reconocidos como hitos históricos –tal como el Palacio de Cristal, que dio forma a un programa sin precedentes y además llevó la tecnología de los invernaderos a un nivel considerablemente superior. Este marco analítico enfocaba el análisis en el objeto o proyecto arquitectónico, no en las intenciones del arquitecto, y consideraba que la estética no tenía una importancia mayor (o menor) que la estructura o el programa. Yo también estaba interesada en el trabajo de Jan Mukařovský sobre las funciones en la arquitectura y completamente opuesta a la idea de que la arquitectura debía ser considerada sólo a través del filtro del estilo, que en mi opinión era (y es) algo estrechamente limitado. Las ideas que Waisman y Mukařovský usaban para analizar la arquitectura me llevaron a considerar el diseño arquitectónico como una actividad transversal que eliminaba la falsa dicotomía entre forma y función, un factor contaminante de los discursos sobre arquitectura en ese momento.

Para mi gran alivio, el decano no me volvió a llamar y algunas veces me pregunté si se había tomado la molestia de entender lo que yo quería decir con mi diagrama. Pero yo me dí cuenta de que era el comienzo de una idea que merecía ser desarrollada. Así que usé la transversalidad para desarrollar una metodología de diseño que me permitiese burlar las trampas de los estilos post-modernos y me dejase considerar desde el inicio las circunstancias y méritos de cada proyecto. Sigo creyendo, como uno de mis artistas favoritos, el alemán Gerhard Richter, que “el estilo es violento, y yo no soy violenta.”

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