Blog: una autobiografía profesional

LA SEMILLA
17.02.2019

Semilla, núcleo, origen, punto de partida. Comienzo el 2019 tratando de desarrollar la idea de una estructura cuya forma final es desconocida. Sería un lugar para la producción y presentación de la cultura en todas sus manifestaciones – pasadas, presentes, futuras – en Puán, el pequeño pueblo donde nací, en el medio de la pampa argentina, a más de dos horas de distancia en coche de Bahía Blanca, la ciudad importante más próxima.

Diseñar una estructura sin una idea definitiva acerca de su forma final va en contra de lo que se espera. Aún si la construcción de un edificio se realiza en fases, se supone que cada etapa finalizada avanza hacia una conclusión ya imaginada. Pero yo estoy pensando en un edificio cuyo punto de partida es conocido, pero no su resolución final. Si bien la construcción no es un proceso orgánico, es tentador pensar en una semilla, que contiene en su pequeñez el potencial de una estructura mayor. O en un núcleo, su parte más importante. O en un origen, el lugar donde algo comienza. O en un punto de partida que marca el comienzo de un recorrido. Al inicio del proyecto podríamos saber qué tipo de actividades se llevarían a cabo, pero no como podrían, en el transcurso del tiempo, evolucionar, cambiar, o ser reemplazadas. ¿Porqué estoy pensando en un edificio en estos términos? Es un experimento. Una manera de imaginar la posibilidad de un objeto y un espacio que crecen de un proceso, incrementando el compromiso de las personas que podrían beneficiarse de su existencia.

El pueblo, de alrededor de 5.000 habitantes, tuvo su origen en 1876 con uno de los campamentos militares de la infame “Conquista del Desierto”, una campaña destinada a matar, expulsar o subyugar a las tribus indígenas que poblaban la Patagonia, con el objeto de establecer el dominio del gobierno sobre sus tierras para cederlas a potencias extranjeras y transformarlas en explotaciones agrícolas privadas realizadas por colonos europeos. Puán era –y sigue siendo— un pueblo pequeño que aún me recuerda su origen como puesto fronterizo, rodeado por la vastedad de los campos. Durante mi infancia había muy pocas oportunidades para experimentar manifestaciones culturales, mayormente a través de los libros, las películas de aventuras y vaqueros en un cine que ya no existe, y las lecciones de piano de una profesora chapada a la antigua. Actualmente esas experiencias han sido multiplicadas por la televisión, internet, los talleres que organiza la bibliotecaria del pueblo y los programas que circula por los pueblos de la región la Dirección de Cultura de Bahía Blanca. Pero yo estoy interesada en cómo la creatividad de una niña puede ser estimulada por espacios ambiguos y experiencias impredecibles en el juego con otros, cuando ella se da cuenta, sin que intervenga el juicio de un adulto, de lo que es capaz de pensar, imaginar, hacer. Por eso quiero evitar las tipologías de espacios culturales al inicio, y pensar a cambio en identificar la(s) semilla(s) y las reglas para su crecimiento. Tengo la esperanza de que este proceso pueda convertirse en un ejemplo de cómo comunidades en países con una tradición de intervenciones generadas desde arriba hacia abajo y por la cultura elitista burguesa pueden generar espacios y actividades que desafían las expectativas heredadas acerca de lo que es “la cultura”.

Una estructura o espacio que es imaginado como una semilla será inevitablemente simbiótico con su sitio, una propiedad baldía muy cerca de la laguna, que es el espacio natural más emblemático del pueblo. Por eso, debe ser algo más que un núcleo. Debe ser un campo sembrado de semillas de cultura.

 

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PODRÍA PASAR OTRA VEZ (1)
20.12.2016

Aún si sabemos que todavía falta mucho para que las mujeres logren igualdad de salarios y de oportunidades así como paridad en la contratación, tanto en los estudios como en las facultades de arquitectura, yo había pensado que ciertos acontecimientos, como negar a alguien la titularidad en un cargo académico por ser feminista, como me ocurrió a mí en 1988, pertenecían al pasado. Ahora no estoy tan segura. El peligro inminente de retroceso en los avances sociales obtenidos en tiempos recientes me hace pensar que puede tener sentido contar la historia de dos aspectos diferentes pero relacionados de este episodio en mi vida. El primero tiene que ver con el propio rechazo, orquestado por la administración de la Universidad de Columbia para que pareciese justificado por, según ellos, cartas de evaluación de sesgo negativo, cuando en realidad las cartas eran muy positivas. Esto fue finalmente revelado cuando pude obtenerlas (con nombres y afiliaciones suprimidas) a través de la Comisión de Igualdad de Oportunidades en el Empleo (EEOC es su sigla en inglés). El segundo aspecto tiene que ver con las reacciones de mis colegas, particularmente de esas mujeres a las que ayudé a conseguir promociones y titularidad en sus universidades.

Fui sometida a consideración para promoción y titularidad en la disciplina de diseño arquitectónico en la Facultad de Arquitectura, Preservación y Planificación de la Universidad de Columbia en el verano de 1988 con el aval de los profesores titulares y un expediente repleto de cartas de apoyo y de publicaciones nacionales e internacionales sobre mis trabajos. Mi carrera estaba al alza, con constantes invitaciones para dar conferencias sobre mi obra en todo el mundo. Había sido recientemente seleccionada en preferencia a Peter Eisenman, Frank Gehry y Robert Stern para diseñar una estación de bomberos en Columbus, una ciudad del estado de Indiana con una colección de edificios públicos diseñados por notables arquitectos. Las reseñas del edificio terminado habían sido positivas, aún cuando los críticos ignoraron la innovación tipológica que introduje para hacer posible la contratación y retención de mujeres bomberos. Olivier Boissiére, crítico de Le Monde, lo describió como un “edificio admirablemente diseñado”.

Nunca oculté mi feminismo, ahora como entonces entendido como creencia en la igualdad de oportunidades para toda la gente sin reparar en afiliaciones de género, raza o etnicidad. Que un colega (varón) se refiriese a mí como alguien “que no actúa como mujer, pero tampoco como un varón” me parecía un reconocimiento de mi condición de persona más allá de los estereotipos de género. Los proyectos que yo daba a mis estudiantes en el taller incluían viviendas para familias donde tanto la madre como el padre trabajaban fuera; un Museo Nacional de “Quilts” (edredones realizados por mujeres, considerados como una forma importante del arte de Estados Unidos); una fábrica en Lawrence, la ciudad de la famosa huelga del pan y las rosas de 1912; y el Monumento Nacional de los Derechos de las Mujeres en Seneca Falls. Estos proyectos introducían debates acerca de la innovación en el diseño generada por la redefinición de los programas y por las ideas feministas. Sobre todo, mis actos desafiaban sin agresividad ni confrontación la cultura que sólo permitía el acceso de las mujeres y de los hombres negros a las recompensas tanto en la profesión como en la universidad solamente si ocurría de a una persona por vez. Yo era una mujer “token” y como tal, debía mantener la puerta firmemente cerrada detrás mío en lugar de facilitar el acceso a otros.

Yo quería creer que mi trabajo y mis logros serían evaluados imparcialmente, aún cuando veía que los nombramientos y las promociones en Columbia y otras facultades de arquitectura de élite eran rutinariamente otorgados a los amigos varones de los profesores varones antes que a mujeres con más y mejores credenciales. Por eso fue tan chocante enterarme de que mi titularidad había sido rechazada. Como en todas las universidades privadas estadounidenses, el proceso de evaluación para otorgar la titularidad es secreto. Los miembros de los comités convocados para cada caso y las personas llaman a testificar deben jurar una estricta confidencialidad. A pesar de eso, algunos colegas en el comité que estaban muy disgustados con la decisión me dieron los elementos para poder cuestionarla, especialmente porque veían como censurable la participación de un profesor con reputación de misógino proveniente de un departamento académico que yo había pedido fuese excluido debido a un conflicto de intereses. Su participación en el comité solo puede ser atribuida a la intervención del flamante decano de arquitectura, un amigo del guardián más celoso del acceso a oportunidades y privilegios en el mundo de la arquitectura en Nueva York, quien consideraba mis esfuerzos para aumentar las oportunidades para las mujeres muy peligroso porque en general había tenido éxito en lograrlo. Yo también había solicitado que se incluyera por lo menos una mujer en el comité, pero esto no ocurrió.

Segura de que las cartas que pude obtener a través de EEOC refutarían contundentemente la decisión de negarme la permanencia, interpuse una queja formal ante el comité de la Universidad encargado de investigar tales asuntos. Consideré entablar un juicio cuando me dí cuenta de que la administración bloquearía todos los intentos de los investigadores para tener acceso a los documentos necesarios y tampoco otorgaría su permiso para utilizar las cartas originales en la investigación. Pero esta idea no prosperó porque yo no disponía de las decenas de miles de dólares que hubiese costado hacerlo. En 1996, ocho años después del inicio de la investigación, recibí una carta del comité investigador donde se me notificaba que estaban “cerrando la investigación sin poder hacer una recomendación formal al rector” porque se les había impedido “revisar los documentos y realizar las entrevistas necesarias para llegar a una conclusión”.

La Casa de Bomberos en Columbus había sido el primer encargo importante para un edificio público que yo había recibido. Hubiese iniciado una fase más segura y vibrante de mi carrera. Pero la noticia de mi rechazo la convirtió en la última gran oportunidad, y pasó una década entera hasta que una mujer recibiese la titularidad en diseño arquitectónico en la Universidad de Columbia.

(Será continuado en la segunda parte de este blog)

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