Blog: una autobiografía profesional

Auto-
biografía

01.03.2014

“Cuando se abandona la esperanza de una conclusión, cuando se acaba la fantasía, comenzará la aventura para las mujeres”, escribió Carolyn Heilbrun en Writing a Woman’s Life. Cuando leí este libro en 1988, decidí escribir algún día sobre dicha aventura. Ese día parece haber llegado, pero he dudado por mucho tiempo respecto a la forma que debería tener la narrativa. Además, desconfío mucho del género autobiográfico, porque es notorio que tales narrativas se construyen de mentiras o, en el mejor de los casos, de distorsiones inconscientes para mejorar el relato. En las memorias de Natalia (Levi) Ginzburg, Las Pequeñas Virtudes, me hacía falta su involucramiento en los sucesos de su propia vida, como si, en lugar de ser la protagonista, ella hubiese sido solamente una testigo. La forma de un diario me parecía aún menos auténtica, porque nunca lo he llevado, y la “carta a un/a joven…” me obligaría a asumir el rol irrelevante de una autoridad vieja y sabihonda. Fue el libro de J. M. Coetzee, Verano, que me ofreció una pista: en esa novela, un biógrafo ficticio entrevista a gente que había conocido a un autor ficticio, ya difunto, que se llamaba J. M. Coetzee. Al fragmentar la narrativa podría por lo menos frustrar la tentación de buscar una conclusión satisfactoria a los sucesos perturbadores.

Pero, ¿para qué intentar escribir una autobiografía, profesional o personal, cuando todo trabajo es biografía? Tal vez, en mi caso, por el impulso de dar sentido, retrospectivamente, a los mundos paralelos que he habitado — los de la arquitectura y del feminismo. Estos mundos se cruzaron en diferentes momentos, algunas veces con resultados muy productivos y otras con consecuencias desastrosas. Y también abrigo la ilusión (posiblemente irracional) de que mis reflexiones fragmentadas puedan servir a otras y otros jóvenes que empiezan sus propias aventuras.

He aquí pues el primer fragmento de memoria: yo supe que quería ser la autora de mi propia vida cuando me decidí por la arquitectura en 1970. Para intentar otros posibles futuros, ya había disfrutado probando diversas prácticas: poesía, dibujo, crítica de arte, teatro. Mi opción por ejercer la arquitectura fue una decisión que experimenté como conquista, apartándome de otras opciones, una conquista que he luchado para mantener. Sin embargo, al principio, fue sobre todo un camino para evadir una vida cuyo guión ya había sido escrito.

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